viernes, 19 de febrero de 2010

luminescence


Le dije: Monta que te llevo al sol
Me dijo: Que tontería, arderás!,
Le dije que no pensaba ir de día y se reía, ya verás le decía si te fías de este guía.
Dicen que cuando llegas hay un flash, y me creía, me daba alas, parábamos a dar caladas en coordenadas desordenadas, sentados en el Meridiano de Greenwich, dejábamos colgar las piernas, sabiendo que la búsqueda era eterna, y que hay muchas paradas a lo largo del camino y que, lo importante no es llegar sino,
sino el camino en si...

jueves, 11 de febrero de 2010

le froid de l´aube


Y había despertado temprano, con la primera claridad gris. Canto de gallos al alba y frío intenso en las zonas que él no pudo acertar a cubrir. Pocas. Mirada rápida a la hora del móvil que ahora encendía en la mesilla, junto al bombón de chocolate.
Y ella era incapaz de recobrar ya el sueño, mirando cómo la luz aclaraba poco a poco el techo de la habitación, con él dormido boca abajo, el pelo revuelto, media cara hundida en la almohada y la áspera barba naciente en su mentón que le rozaba el hombro. Su respiración pesada y su inmovilidad casi continua, idéntica a la muerte.
La angustia súbita la hizo saltar de la cama, ir al cuarto de baño, abrir la llave del agua y mojarse la cara una y otra vez, mientras la mujer que la observaba desde el espejo se parecía a la mujer que la miraría dos días después desde otro, ésta vez desconocido, lejano, en otro país.
Y luego él, reflejado detrás, los ojos hinchados por el sueño, desnudo como ella, abrazándola antes de llevarla de nuevo a la cama para hacerle el amor entre las sábanas arrugadas que olían a los dos, a semen y a tibieza de cuerpos enlazados.
Y luego los fantasmas desvaneciéndose hasta nueva orden, una vez más, con la penumbra del amanecer sucio -no había nada tan sucio en el mundo como esa indecisa penumbra gris de los amaneceres- al que la luz del día, derramándose ya en caudal entre las persianas, los relegaba de nuevo a los infiernos
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martes, 9 de febrero de 2010

Les étoiles


...y viendo que entre esa luna asomaban más lucernarios diminutos, se preguntó; ¿Haces magia? ¿Conoces la cara de tus amigos cuando se ríen a carcajadas? ¿Te has comido todas las magdalenas? ¿Sabes bailar? ¿Tienes un color favorito? ¿Has recorrido las calles en busca de una cosa pequeñísima? ¿Eres capaz de repetir las palabras dichas en una conversación de hace años? ¿Cual es tu comida favorita? ¿Te has quedado en la cama toda la mañana? ¿Y todo el día? ¿Has viajado en barco por el Sena? ¿Has esperado mil horas por un sólo instante? ¿Sonríes a los desconocidos? ¿Te has perdido en tu propia ciudad? ¿Eres capaz de escuchar una canción 10 veces seguidas sin cansarte? ¿Has estado donde sólo el eco de tu voz se podía oir? ¿Crees en las casualidades?

miércoles, 3 de febrero de 2010

De hombres gato y mujeres pájaro



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Lo que me gusta de un hombre es que sea culto. Pero no culto de haberse dejado horas y horas los codos, el culo y varias dioptrías, sino alguien que ha experimentado, viajado, leído y vivido. Me gustan los hombres vivos. Hay mucha gente muerta por ahí, ¿sabes? Aparentemente tienen las funciones de un ser vivo, pero por dentro están jodidamente muertos, son como fantasmas pisando suelo, incluso hoy me he cruzado con unos cuantos en la calle.

A lo que iba, me gustan los hombres vivos y por suerte o por desgracia siempre acabo enamorándome de ellos. Pero lo mejor es el sexo, como diría Martín Hache, hacemos el amor con las mentes. No sabes lo que te pierdes, niña. Orgasmos mentales. Son sublimes. Y luego toda esa vida que emana de ellos, les sale a borbotones, te la vomitan encima y tú no tienes que estar por menos que encantada.

Que gozada. Lo malo de estos hombres es cuando se van. Porque ellos siempre están yéndose, porque ellos, niña, no son de nadie, créeme, esos si son libres. No te dejes engañar por meros plagiadores que dicen amar su libertad por encima de todas las cosas. Son hombres gato. Canallas. Crápulas. Poetas y a la vez extremadamente encantadores. Ellos son de una pasta diferente al resto de los mortales, no son personas, son pájaros, y no intentes retenerlos pues los habrás matado. Lo único que puedes hacer es dejarlos ir, claro que entonces, querida, la que muere eres tú, desterrándote automáticamente a la vida de los "no vivos", si es que alguna vez lo estuviste. Una putada. A no ser que seas una mujer pájaro. Son escasas, te lo advierto también, pero eso, amiga, es otro tema.



Y colgó el teléfono. Y se encendió un Marlboro.
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