
Y había despertado temprano, con la primera claridad gris. Canto de gallos al alba y frío intenso en las zonas que él no pudo acertar a cubrir. Pocas. Mirada rápida a la hora del móvil que ahora encendía en la mesilla, junto al bombón de chocolate.
Y ella era incapaz de recobrar ya el sueño, mirando cómo la luz aclaraba poco a poco el techo de la habitación, con él dormido boca abajo, el pelo revuelto, media cara hundida en la almohada y la áspera barba naciente en su mentón que le rozaba el hombro. Su respiración pesada y su inmovilidad casi continua, idéntica a la muerte.
La angustia súbita la hizo saltar de la cama, ir al cuarto de baño, abrir la llave del agua y mojarse la cara una y otra vez, mientras la mujer que la observaba desde el espejo se parecía a la mujer que la miraría dos días después desde otro, ésta vez desconocido, lejano, en otro país.
Y luego él, reflejado detrás, los ojos hinchados por el sueño, desnudo como ella, abrazándola antes de llevarla de nuevo a la cama para hacerle el amor entre las sábanas arrugadas que olían a los dos, a semen y a tibieza de cuerpos enlazados.
Y luego los fantasmas desvaneciéndose hasta nueva orden, una vez más, con la penumbra del amanecer sucio -no había nada tan sucio en el mundo como esa indecisa penumbra gris de los amaneceres- al que la luz del día, derramándose ya en caudal entre las persianas, los relegaba de nuevo a los infiernos.
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